viernes, 2 de marzo de 2012

El triunfo solo se obtiene por la lucha

La comuna de La Florida cuenta con características muy particulares, donde un espíritu de profesionales emergentes de clase media y de alto endeudamiento es su cara más visible. Si se pretende crear una organización que modifique la realidad cotidiana de la comuna, entonces es necesario construir “la identidad del floridano organizado”.
Nuestra realidad política comunal es repetitiva; un candidato elegido de alcalde que generalmente no vive en nuestra comuna; representante al que cada vecino con su trabajo y sus compras (que se convierten en impuestos y fondos públicos),  financia el consumo de aquel y sus cercanos: su salud (gratis), educación (gratis), transporte (gratis), etc.  ¿Y que nos queda a nosotros? Pagar por cada cosa como si la vida misma fuera un bien de consumo.
Gentes ajenas a la comuna ocupan los lugares de representación política (la fuente del saqueo de nuestros impuestos) Y no conocen los problemas reales ni la forma de vivir ni de sentir del floridano medio, aplicando además (por obligación constitucional) un modelo económico y leyes del Estado que impiden nuestro pleno desarrollo individual y colectivo. ¿Acaso es preferible hacer vivir gratis a un floridano en el municipio que a quien no viva en nuestra comuna? De ninguna manera, reconociendo además que esos desconocidos, que se mudan de su hogar distante de otra comuna hasta la administración física del municipio de La Florida, pertenecen al mundo de los grandes negocios financieros y viven gratis por nuestros impuestos y por la acumulación de trabajo de sus esclavos.
Somos gente de esfuerzo y sacrificio constante, que mantiene gratuitamente a los maquinistas del Estado (y con muchos privilegios) mientras que nuestro esfuerzo no es equivalente a nuestra calidad de vida y muchas veces no alcanzamos a financiar la educación de los nuestros.
El Estado sacrifica los intereses de la mayoría por los privilegios de la minoría, los intereses no han estado de forma alguna en común acuerdo, por lo que debemos definir  una cosa clave:
¿Debemos continuar con la tradición política o darle un golpe mortal a ésta para dar el salto decisivo a la revolución?... Si decidimos ponernos en la vía del legalismo electoralista, debemos no solo aceptar las reglas del juego neoliberal, siendo la oposición legal controlada y frenada por los límites constitucionales (Quien maneja las reglas del juego, maneja con ellas los resultados), sino también promover la devoción al cumplimiento de la ley haciendo peticiones; pero debemos admitir que los límites de las reformas llegan hasta la condición de clase, es decir, la ley de herencia: o se nace en cuna de oro y se tiene no solo el derecho, sino también el deber de ser dueño del trabajo de otros;  o se nace en capas más bajas, tenemos derecho a que otro reclame ser dueño de nuestra fuerza de trabajo y debemos ser fieles a la “civilización occidental”  reconociendo por sobre todo los derechos del señor y los deberes del súbdito obediente.
Los poderes constitucionales del gobierno confieren a los propietarios del poder, la autoridad moral y legal de obligar a los “gobernados” a obedecer sus dictados, a través del hambre, la muerte o la violencia física. No existe igualdad posible entre una parte dependiente e independiente. Quien posee la propiedad privada como medio de subsistencia, dicta con ella las condiciones de vida de los no-propietarios. La clase que controla la industria y la riqueza del país, controla también las instituciones políticas.
La situación y herencia del capital (y por lo tanto la ruina y muerte del capitalismo) no se resolverá en el parlamento ni en las instituciones políticas tradicionales, por la sencilla razón de que el capital y el privilegio son condiciones de clase dirigente y por lo tanto no se puede reformar; y aún en el mejor de los casos, recurrirán a un golpe de Estado o tácticas equivalentes para defender su mundo privilegiado (como si en el pasado no lo hubiesen realizado).
La creencia metafísica y moral sobre la institucionalidad es lo que perfila el carácter de las movilizaciones. El Bien como bondad moral tiene su expresión jurídica en la ley, entonces la moralidad es la máscara de la legalidad, la excusa para hacer cumplir la ley; de este modo cualquier forma de rebelión o desobediencia a la ley, es por ella misma inmoral; sin embargo en toda forma de lucha, el que no da golpes los recibe.  
Los dueños de la educación rugieron contra la demanda ciudadana, cuando ésta rechazaba la educación privada, mientras los primeros sentían el derecho de vender este servicio y al final de todo, su derecho quedó intacto. Es aquí precisamente donde se genera la confusión de las cosas, ¿Se trata de expresiones de queja ciudadana o de cosas mas profundas como cimentar la organización revolucionaria para cambiar y redirigir el curso de nuestras vidas? ¿Provocar tanto alboroto por un tema legislativo o armar y organizar el problema como cuestión de vida? ¿Remodelar la estructura capitalista o ir más lejos que esta? ¿Esto es la cuestión social o es la cuestión de alimentación?
Se alzan voces en nombre del “levantamiento popular” que gritan: ¡cambiemos la constitución! ¡Avancemos hasta el máximo cambio!, a pesar de que aparenta ser lo más revolucionario y libertario, se está cometiendo un conjunto de errores garrafales; la constitución del 80 dice:
“El Derecho a la Educación tiene como propósito fundamental el pleno desarrollo. Los padres  y apoderados, tienen el derecho preferente y el deber de educar y de escoger el establecimiento de enseñanza para sus hijos. El Estado debe otorgar “especial protección” al ejercicio de los mismos. Fomentar el desarrollo de la educación en todos sus niveles, estimular la investigación científica y tecnológica, la creación artística, la protección e incremento de nuestro patrimonio cultural (la libertad de enseñanza) una libertad que no tiene otras limitaciones que las impuestas por la moral, las buenas costumbres, el orden público y la seguridad nacional. La enseñanza reconocida oficialmente no podrá orientarse a propagar tendencia político partidista alguna.”
El problema claramente no radica en cambiar el orden de las palabras del documento o del documento entero, sino que en la práctica, existe el incumplimiento de un derecho garantizado por la propia constitución. La famosa libertad de enseñanza, no es más que la facultad de comprar y vender educación sin restricciones (principio de la economía de libre mercado aplicada a la educación).
Las instituciones educativas, deben propiciar un ambiente “libre de contaminaciones ideológicas u opiniones políticas”, ya que éstas constituyan un agravio para el orden y la seguridad nacional; los docentes deben reproducir el discurso oficial y no pueden orientar o propagar sus tendencias políticas, solo los valores neoliberales pero sin adherirlos  a algún partido político específico, así las prácticas de enseñanza y los procesos de aprendizajes se conciben como experiencias apolíticas y neutrales.
Por otra parte, el derecho a la rebelión, expuesto en la “declaración universal de los derechos humanos” (ONU 1948) con algunos documentos que le preceden exponen lo siguiente:
“Cuando el gobierno viola los derechos del pueblo la insurrección es para el pueblo, y para cada porción del pueblo, el más sagrado de sus derechos y el más indispensable de sus deberes”.  – Artículo 35 de la declaración de los derechos del hombre 1793-
“Los gobiernos, que derivan sus poderes legítimos del consentimiento de los gobernados; que cuando quiera que una forma de gobierno se haga destructora de estos principios, el pueblo tiene el derecho a reformarla o abolirla e instituir un nuevo gobierno” - Declaración de independencia de USA-
“Considerando esencial que los derechos humanos sean protegidos por un régimen de Derecho, a fin de que el hombre no se vea compelido al supremo recurso de la rebelión contra la tiranía y la opresión” – Preámbulo de la declaración Universal de los Derechos Humanos
¿Cómo realizar en la práctica este derecho constitucional si toda forma de rebelión contra la autoridad es inmoral porque su respaldo es la constitución? El fondo de este problema pasa por pensar que es el papel y la tinta el que determina nuestra vida, mientras observamos que hay derechos incumplidos, pero en realidad lo que determina nuestra vida no es la teoría estancada de un papel, sino el hecho de que los medios de existencia han sido transformados en bien de consumo privado: agua, tierra, máquinas, etc.
¿Queremos escribir una nueva constitución para así revalidar el derecho a la dominación que tienen “los dueños del país” sobre nosotros? Ser revolucionario es ser innovador, cambiar el modo de realizar ciertas acciones y con nuevas herramientas, dejando atrás todo lo del viejo modo. ¿Qué debemos hacer cuando necesitamos reformas específicas y la clase política no cede por más apoyo social que contenga y más justa que sea la causa? ¿Qué hacer cuando aplastan las demandas de los modestos suplicantes?
Respetar la institucionalidad republicana democrática y resignarse abandonando la lucha, o Levantarse contra la autoridad de los representantes para auto determinarse. Significa esto ¿Cambiar la dinastía reinante? No, significa totalmente lo contrario, es crear el espacio real del poder popular, es decir; La Soberanía directa de los ciudadanos; creación y mantención de la organización revolucionaria del poder natural y social de las masas, antagónicas a la tradición política. No se repudia la idea y/o figura de la autoridad por capricho o por fantasía, sino por el ejercicio práctico de la organización.
No somos representantes del pueblo, somos pobladores organizados actuando directamente para redefinir nuestra forma de vivir. Debemos encadenar los hechos, conectar las luchas sociales,  para proyectarlas en un norte político sólido y firme en dirección opuesta a la que presenta el modelo; tomar los medios de vida para nosotros mismos; establecer el poder directo de las personas sobre sus vidas al contrario de lo que ofrece la tradición del pensamiento. Recuperar nuestras vidas para nosotros mismos, hacerse dueño de las cosas; yo defino lo que yo quiero (sin permiso de la autoridad) vencer o ser vencido, no hay otra alternativa.
La concertación y la alianza son dos alas del mismo pájaro neoliberal que en momentos de movilización, exhiben sus pequeñas diferencias como grandes desacuerdos ante la ciudadanía.
¿Optaremos entonces por no ser innovadores (o revolucionarios) y entraremos al mundo de la competencia electoral, admitiendo como lo señala la historia, que llegar a ocupar un cargo político no es llegar al poder? ¿Queremos ser gobernados de otra forma? ¿Acaso nos hemos preguntado si queremos seguir siendo gobernados? ¿Existe acaso la indispensabilidad del gobierno? ¿Existe una conciliación entre los saqueadores y los saqueados? Debemos elegir entre ser desertores de la moralidad o convertirnos en el instrumento ciego de su cumplimiento.
¿Hemos de creer nosotros mismos que hay cosas que son imposibles cambiar? Si así fuera  ¿Debemos aceptar lo que no se puede cambiar? (lo que llaman muchas veces encontrar la madurez) ¿Ante las demandas sociales debemos oponer ruegos en vez de oponer nuestra voluntad?... Esto significa la aceptación pasiva a todo lo que ahoga el crecimiento y la vida misma, la adaptación pasiva al medio que acepta sin grandes problemas la decisión de la clase gobernante. Las reformas continuas son un círculo vicioso: Lo provisional que amenaza sin cesar con transformarse en definitivo, y lo definitivo, que no parece dejar de ser provisional.
El poder popular no es delegar, ni poner nuevos administradores en el espacio público, se trata de tomar nuestras vidas en nuestras propias manos. ¿Quién condena la violencia sino el propietario legal de ella? (Violencia legalizada por la constitución) Que pretende hacernos creer que su represión es el uso legítimo de la violencia y cuando los gobernados usan la fuerza, es solo terrorismo ilógico y desmedido. Ninguna fe en la justicia si la justicia no es vigilada por nuestras fuerzas.    
Preferimos una solución pacifica que la guerra, pero es el propio capitalismo quien engendra las rebeliones y no somos responsables de ella.
Vecinos, compañeros y camaradas, debemos combatir con fuerza, sabemos que existe un antagonismo entre la democracia directa (que pertenece al poder popular) y la democracia representativa (propia del mundo institucional) así como también en la obediencia a la ley y el acto revolucionario desobediente y rebelde, que transformará el mundo imponiendo con fuerza, el poder popular contra los supuestos “dueños del país”.
La revolución reincorporará todo lo que nos pertenece no solo como gente laboriosa, sino como ser humano (tierras, trabajo, calles, vida, producción, fuerza, inteligencia y todo cuanto hacen girar en su favor) y debemos asumir que no se nace manso ni sumiso ante la prepotencia y que ante sus leyes, opondremos nuestros pactos, pero ¿Cómo llevar esto a cabo? Algunos afirman que mediante las reivindicaciones sociales de los movilizados, pero las reivindicaciones no sirven de nada sin la máxima ambición. Cuando no se posesiona en un camino anticapitalista y supera su batalla puntual por una de largo plazo para una transformación de fondo, solo se tratan los síntomas del modo de producción, pero sin acabar con la enfermedad; Nos atacarán como provocadores de la “Violación de la sana convivencia”, pero la sana convivencia no es más que la obediencia como súbdito del gobierno (como antes de la independencia se era súbdito del rey) y la vía electoral no puede superar el hecho de que los políticos son títeres de la economía y esta condición no solo existe por la fidelidad a la constitución del 80, sino que principalmente a la construcción política funcional a la protección “civilizada” de las capas dirigentes. Para que exista la riqueza (y extrema riqueza) es necesario que exista la pobreza (y extrema pobreza) y esta condición no desaparecerá por un simple acto constitucional de letras muertas, sino por la fuerza de los hechos que generen los ciudadanos organizados contra el viejo mundo; ante estas acciones, los que no son revolucionarios, se muestran como tales por la fuerza de los hechos y la fuerza de las cosas, es por la naturaleza del ambiente y por las necesidades de su posición que se ven radicalizados y no por convicción sino por el entusiasmo nacido en la práctica al calor de la lucha (principio práctico del poder popular).
Contra el discurso dominante y violencia de clase, la resistencia activa y combativa de la organización revolucionaria es la estrategia que unificará las tácticas sueltas para garantizar nuestro triunfo.
Ningún límite al desarrollo personal y por ende, contra las relaciones humanas determinadas por reglamentación matemática.


¡Muerte al municipio, que viva la comuna! 

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